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Paraguay se venga del imperio brasileño

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por BRUNO RIVAS

A pesar de que la frase se ha repetido hasta el cansancio, no deja de ser cierta: el fútbol da revanchas. Algunas de ellas van más allá de lo deportivo y reivindican hitos políticos propios del mundo real. Pese a que su trascendencia social es mínima, el alcance emocional de una victoria futbolística puede llegar a ser similar al de una revolución. Por eso las victorias de Argentina sobre Inglaterra tienen sabor a revancha histórica o los encuentros entre Alemania y Turquía se dan en un ambiente particular. En esa línea podemos ubicar a la victoria de Paraguay sobre Brasil en los cuartos de final de la Copa América.

Los paraguayos aún recuerdan con dolor a la Guerra de la Triple Alianza ocurrida en el siglo XIX. En ella, el país guaraní se enfrentó a tres de sus vecinos: Brasil, Argentina y Uruguay. La razón fue la invasión del Imperio Brasileño a territorio uruguayo que el mandatario paraguayo de entonces había jurado defender. El conflicto culminó con una derrota paraguaya que alcanzó la calificación de desastre demográfico y político. Como consecuencia de la guerra, los guaraníes perdieron entre el 50% y el 85% de su población y buena parte de los territorios disputados con Brasil. Algunos historiadores afirman que las consecuencias del conflicto se expresan hasta hoy y explican los altos niveles de pobreza del país sudamericano.

El sábado, Paraguay se volvió a enfrentar al Imperio Brasileño. Sin embargo, esta vez las circunstancias fueron absolutamente distintas. Al encuentro en Concepción llegaron las peores tropas brasileñas, unas incapaces de poder arrasar a una escuadra paraguaya ordenada y valiente. Solo refuerzos argentinos y uruguayos le hubiesen permitido a la verdeamarela conseguir un resultado abrumador frente a los guaraníes. Pese a eso, los brasileños empezaron intentando revalidar su otrora espíritu imperial. Comenzaron ganando con un gol de Robinho, quien antes era visto como uno de sus principales generales. Un primer tiempo con pocos ataques provocó que algunos ilusos pensaran que los albirrojos no podrían recuperar terreno; sin embargo, la segunda parte fue otra historia. A punta de coraje y aprovechando un error en la zona defensiva brasileña, empataron y llevaron el encuentro a los penales.  

En la definición final, Paraguay mostró un carácter que por estos días no se ve en Brasil. Los guaraníes sacaron de carrera a un equipo que no había hecho méritos para llegar a cuartos de final. Y confirmaron lo que habían puesto en evidencia cuatro años atrás en otra ronda de penales: que Brasil ya no es el gran imperio continental de antaño. Ahora a los albirrojos les toca enfrentar a otra selección que participó en la Guerra de la Triple Alianza. Esta vez sí se enfrenta a una tropa de élite pero quien sabe de repente se concreta otra reivindicación histórica.

El tiempo cuando Brasil fue un imperio

 En algún lugar de la historiografía del cual no quiero acordarme, se menciona que los imperios consideran imposible que su dominio termine. Son tan poderosos que les parece imposible que puedan superarlos. Perciben la realidad con ellos por encima del resto y ya se sabe de sobra que las percepciones tienen la tendencia a ser inalterables, basta que recuerden cualquier tema de racismo y sexualidad para confirmarlo. En suma, para los imperios no existe la idea de caída. Las invasiones bárbaras amenazaban la unidad de la Roma imperial, la inflación había llevado a España a la pobreza, la economía de Estados Unidos avisaba su próxima hegemonía en una mundo dominado por el imperio británico, sin embargo, ni romanos, ni españoles ni ingleses pensaron que su fin estaba cerca. Todos tomaron medidas para contrarrestar la crisis. Los romanos, por ejemplo, fortalecieron las fronteras y ensancharon el ejército, adoptaron la religión católica para que el espíritu del imperio se unificara, pero a pesar de la evidencia de cambio que esas transformaciones delataban, jamás pensaron que caerían.

Brasil descartó el jogo bonito con claridad desde USA 94 para recuperar un título que se les negaba hace más de veinte años. Su última final databa del primer Mundial a colores: México 70. Sólidos atrás y con estrellas como Romario y Bebeto resolviendo arriba, les bastó para ser el tetracampeón del mundo. A la selección del 2002, alineación plagada de estrellas, más allá de las dudas que su juego despertaba, le debieron dar la copa antes del debut. Incluso con ese plantel, Brasil no salía a proponer: priorizaba la solidez sobre el espectáculo.

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Mientras tuvieron figuras le alcanzó a la verde-amarela. De los noventas a la fecha levantaron cuatro Copas América y dos Copas del Mundo. Ahora que sólo Neymar y por ahí Dani Alves, ya si quieren Thiago Silva –un back, por Dios, ¡un back!– pueden llevarlos a mirarse al espejo sin sentir vergüenza, contemplan con desilusión el tiempo ido cuando eran el paradigma de la excelencia y la belleza. Hace 20 años, Brasil, como los romanos, perdieron la visión imperial para refugiarse en su feudo, sobrevivir en él y resguardarse para proteger lo que les quedaba de grandeza.

Cualquiera, o sea hasta Perú, sale a jugarle golpe a golpe a este Brasil. Una selección competitiva a nivel internacional como Colombia no le tuvo respeto al pentacampeón. En el primer tiempo propuso el ritmo y tuvo las más claras, hasta que abrió el resultado de bola parada. En los segundos 45’ Brasil salió a imponerse, bueno, no exageremos, a buscar el empate, pero la única realmente clara llegó por una desconcentración en defensa de los cafeteros. Colombia estuvo más cerca del segundo con remates de James y Cuadrado.

Cuando pasé por el Mundial 2014, quedé fascinado por la diversión con la que los brasileros toman el fútbol. Para ellos, el fútbol no es un duelo, es una fiesta. Jugaban Brasil-Colombia por cuartos de final y en Copacabana los muchachos preferían que ronde la cachaza que ver el partido en una lejana pantalla gigante. Vi el Brasil-Chile de octavos en una casa burguesa donde el anfitrión sacaba carne de la parrilla en pleno partido, los señores preferían conversar con alguna señorita generosa o pasear la cerveza antes que ver a los suyos. Yo y un puñado de brasileros estábamos pegados a la tele mientras unos veinte comensales disfrutaban de placeres más carnales. Paulatinamente se fueron acercando. Entonces me pareció que los brasileros tienen —o tenían— la bendición del ganador que sabe que de alguna manera va a sacar el partido, ya sea porque el rival va a equivocarse o porque alguna de sus figuras marcará la ventaja que el trámite del partido no delata; a los peruanos, por el contrario, nos sigue la maldición del perdedor, pero eso será tema para otro momento.

Los brasileros ven —o veían, al menos— los partidos con la confianza del dominio eterno. La ausencia de la muerte es un privilegio de los animales, no del ser humano, que por ese motivo busca el placer en el instante: lo que queremos, lo queremos ahora. Quizá por ello, cuando el final llega lo hace como una catástrofe. La tragedia se sufre, la catástrofe te paraliza. Después del 7-1 de Alemania en semifinales, sin mayores desmadres ni desmanes públicos, agacharon la cabeza y ahogaron las lágrimas en la almohada.

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Hasta esos primeros 45 minutos del “Mineirazo” seguían pensando que podían ser campeones del mundo, porque un brasilero no puede —o no podía— considerarse inferior a nadie, a pesar de las evidencias. Brasil, que por cierto fue un imperio hasta finales del siglo XIX, no podía ver el final terrible que hace mucho amenazaba.

Queda esperar la última fecha. Venezuela, aquella selección que en 1993 celebró el primer gol que le marcaba al todopoderoso Brasil por Eliminatorias, y lo celebraron aunque el partido terminó 5-1, puede asestar el golpe final a quienes fueron los emperadores del fútbol. Si Venezuela termina de invadir el pequeño feudo en el que se ha convertido su expresión futbolística, la visión rácana del temor a nuevas vergüenzas debería quedar olvidada. Sería lo mejor para el fútbol que Brasil regrese a la visión imperial, que suele estar más cerca de la belleza.

Brasil y la obligación de recuperar un relato

por BRUNO RIVAS

Antes de la llegada de la posmodernidad, las cosas estaban claras en el mundo: el bien siempre se imponía sobre el mal, el coraje era objeto de admiración y los artistas buscaban capturar la belleza del mundo. La vida ofrecía garantías al que decidiera comportarse de forma adecuada. Los relatos eran absolutamente predecibles. Uno de ellos indicaba que la selección brasileña siempre ganaba sin problemas los partidos que disputaba.

Habría quién podría decir que el fútbol siempre ha sido posmoderno. Solo en este deporte es posible que gane el que no lo merece. A diferencia del baloncesto o el tenis, en el balompié un equipo puede consagrarse como campeón del Mundo gracias a una pelota que no entra en el arco o una ‘naranja mecánica’ puede ser vencida por un grupo de corajudos alemanes. Lo imprevisible y el azar parecen estar siempre presentes. Pero durante años una selección bregó por eliminar esa tendencia del fútbol: la verdeamarela.

En los cincuenta, la llegada de un adolescente de Minas Gerais le quitó la imprevisibilidad al fútbol. A partir de Suecia 58, Pelé y sus colegas dejaron en claro que solo el ‘jogo bonito’ podía llevarse las copas. Sin embargo, después de los setenta, la verdeamarela empezó a ver cuestionada su sentencia. Durante los ochenta, los grises volvieron a imponerse en el fútbol. De nada le servía a Brasil mostrar el mejor juego, equipos pobres o inferiores ganaban los mundiales.

En EE.UU. 94, Brasil rescató la herencia de Pelé aunque adaptándola a las condiciones posmodernas. A partir de entonces, sus triunfos mundiales y continentales no han sido incuestionables. El ‘jogo bonito’ no necesariamente era el practicado por ellos aunque eso solo parecía importarle a los románticos. Y todo funcionó a la perfección hasta que empezaron a ganar los mejores. El 7 a 1 endilgado por Alemania, ha dejado en claro que el relato brasileño está en crisis.

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En Chile, Neymar y compañía están obligados a rescatar el relato heredado. Sin embargo, su primera presentación contra la selección peruana ha puesto en duda que lo logren. El 2 a 1 obtenido en tiempo de descuento no basta para convencer al mundo de que el fútbol es un deporte en el que los brasileños siempre ganan. Más bien, la victoria de la verdeamarela parece apoyarse en otra sentencia anterior a la posmodernidad: que el balompié es un juego en el que los peruanos siempre pierden.  

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