En algún lugar de la historiografía del cual no quiero acordarme, se menciona que los imperios consideran imposible que su dominio termine. Son tan poderosos que les parece imposible que puedan superarlos. Perciben la realidad con ellos por encima del resto y ya se sabe de sobra que las percepciones tienen la tendencia a ser inalterables, basta que recuerden cualquier tema de racismo y sexualidad para confirmarlo. En suma, para los imperios no existe la idea de caída. Las invasiones bárbaras amenazaban la unidad de la Roma imperial, la inflación había llevado a España a la pobreza, la economía de Estados Unidos avisaba su próxima hegemonía en una mundo dominado por el imperio británico, sin embargo, ni romanos, ni españoles ni ingleses pensaron que su fin estaba cerca. Todos tomaron medidas para contrarrestar la crisis. Los romanos, por ejemplo, fortalecieron las fronteras y ensancharon el ejército, adoptaron la religión católica para que el espíritu del imperio se unificara, pero a pesar de la evidencia de cambio que esas transformaciones delataban, jamás pensaron que caerían.

Brasil descartó el jogo bonito con claridad desde USA 94 para recuperar un título que se les negaba hace más de veinte años. Su última final databa del primer Mundial a colores: México 70. Sólidos atrás y con estrellas como Romario y Bebeto resolviendo arriba, les bastó para ser el tetracampeón del mundo. A la selección del 2002, alineación plagada de estrellas, más allá de las dudas que su juego despertaba, le debieron dar la copa antes del debut. Incluso con ese plantel, Brasil no salía a proponer: priorizaba la solidez sobre el espectáculo.

brasil2002

Mientras tuvieron figuras le alcanzó a la verde-amarela. De los noventas a la fecha levantaron cuatro Copas América y dos Copas del Mundo. Ahora que sólo Neymar y por ahí Dani Alves, ya si quieren Thiago Silva –un back, por Dios, ¡un back!– pueden llevarlos a mirarse al espejo sin sentir vergüenza, contemplan con desilusión el tiempo ido cuando eran el paradigma de la excelencia y la belleza. Hace 20 años, Brasil, como los romanos, perdieron la visión imperial para refugiarse en su feudo, sobrevivir en él y resguardarse para proteger lo que les quedaba de grandeza.

Cualquiera, o sea hasta Perú, sale a jugarle golpe a golpe a este Brasil. Una selección competitiva a nivel internacional como Colombia no le tuvo respeto al pentacampeón. En el primer tiempo propuso el ritmo y tuvo las más claras, hasta que abrió el resultado de bola parada. En los segundos 45’ Brasil salió a imponerse, bueno, no exageremos, a buscar el empate, pero la única realmente clara llegó por una desconcentración en defensa de los cafeteros. Colombia estuvo más cerca del segundo con remates de James y Cuadrado.

Cuando pasé por el Mundial 2014, quedé fascinado por la diversión con la que los brasileros toman el fútbol. Para ellos, el fútbol no es un duelo, es una fiesta. Jugaban Brasil-Colombia por cuartos de final y en Copacabana los muchachos preferían que ronde la cachaza que ver el partido en una lejana pantalla gigante. Vi el Brasil-Chile de octavos en una casa burguesa donde el anfitrión sacaba carne de la parrilla en pleno partido, los señores preferían conversar con alguna señorita generosa o pasear la cerveza antes que ver a los suyos. Yo y un puñado de brasileros estábamos pegados a la tele mientras unos veinte comensales disfrutaban de placeres más carnales. Paulatinamente se fueron acercando. Entonces me pareció que los brasileros tienen —o tenían— la bendición del ganador que sabe que de alguna manera va a sacar el partido, ya sea porque el rival va a equivocarse o porque alguna de sus figuras marcará la ventaja que el trámite del partido no delata; a los peruanos, por el contrario, nos sigue la maldición del perdedor, pero eso será tema para otro momento.

Los brasileros ven —o veían, al menos— los partidos con la confianza del dominio eterno. La ausencia de la muerte es un privilegio de los animales, no del ser humano, que por ese motivo busca el placer en el instante: lo que queremos, lo queremos ahora. Quizá por ello, cuando el final llega lo hace como una catástrofe. La tragedia se sufre, la catástrofe te paraliza. Después del 7-1 de Alemania en semifinales, sin mayores desmadres ni desmanes públicos, agacharon la cabeza y ahogaron las lágrimas en la almohada.

Neymar dolor

Hasta esos primeros 45 minutos del “Mineirazo” seguían pensando que podían ser campeones del mundo, porque un brasilero no puede —o no podía— considerarse inferior a nadie, a pesar de las evidencias. Brasil, que por cierto fue un imperio hasta finales del siglo XIX, no podía ver el final terrible que hace mucho amenazaba.

Queda esperar la última fecha. Venezuela, aquella selección que en 1993 celebró el primer gol que le marcaba al todopoderoso Brasil por Eliminatorias, y lo celebraron aunque el partido terminó 5-1, puede asestar el golpe final a quienes fueron los emperadores del fútbol. Si Venezuela termina de invadir el pequeño feudo en el que se ha convertido su expresión futbolística, la visión rácana del temor a nuevas vergüenzas debería quedar olvidada. Sería lo mejor para el fútbol que Brasil regrese a la visión imperial, que suele estar más cerca de la belleza.