Buscar

Curva Diagonal

Deporte – ciencia

Etiqueta

Neymar

Messi y los deliciosos debates estériles

Por Jaime Cordero

El fútbol está lleno de preguntas que no tienen sentido, pero igual se hacen. Como cuando acaba un partido cualquiera y el reportero a pie de campo se acerca al jugador que le queda más cerca y le pregunta: “¿contento con el triunfo?” O como cuando los expertos debaten: “¿es Pelé mejor que Maradona?”, “¿Es Messi mejor que los dos?” No hay respuesta que realmente valga la pena para cuestiones así. El jugador, todavía jadeante, contestará que sí, que está satisfecho y balbuceará algunas fórmulas de compromiso para elogiar a su rival y señalar que ya está pensando en el próximo partido. Los expertos (los de verdad y los de mentira) podrán argumentar de miles de maneras sobre quién es a su entender el mejor de la historia y dará lo mismo porque el veredicto nunca será concluyente. Es la pregunta por llenar un vacío. Es la discusión por el mero afán de discutir. Es discrepancia por gusto.

Seguir leyendo “Messi y los deliciosos debates estériles”

Neymar, el último gran poeta del fútbol

Por Bruno Rivas

Cuando Pier Paolo Pasolini (1922-1975) hablaba de fútbol solía soltar frases felices. Para el cineasta y literato italiano, el fútbol era el único gran rito contemporáneo, superior al cine y verdadero reemplazante del teatro. Tanta era la pasión de Pasolini por el balompié que llegó a compararlo con el lenguaje. En su sistema de símbolos, el gol es la máxima expresión y aquellos jugadores capaces de marcarlos y regatear a sus rivales son considerados poetas. Más bien aquellos futbolistas que se escudan en la táctica y el orden colectivo son ubicados en la categoría de prosistas. En la década en que el intelectual italiano planteó ese sistema los grandes poetas eran los brasileños, mientras que los mejores prosistas eran los italianos.

Seguir leyendo “Neymar, el último gran poeta del fútbol”

La Copa del golpe

Hay una expresión que sintetiza la espiral de mediocridad en la que está sumido hace buen tiempo el fútbol sudamericano: sacar adelante el partido. Se dice respecto a los árbitros, como si su función fuera dosificar de una manera supuestamente razonable las patadas que se reparten en el campo, y no simplemente aplicar el reglamento, que señala con meridiana claridad qué cosa es foul y qué cosa no. El árbitro sacapartidos se opone al reglamentarista, una especie ya extinta en Sudamérica, como si para un juez seguir las normas fuera una decisión, una cuestión de escuelas o de ideologías. Para el sacapartidos, el reglamento es solo una herramienta más; es un permanente interpretador auténtico de la International Board, y como tal es impredecible. Uno nunca sabe si va a sacar la tarjeta amarilla, va a preferir la advertencia verbal o el siga-siga; menos, cuál es su criterio para sacar la roja. Es más: ante faltas similares toma distintas decisiones. Y a todo esto le agrega una regla adicional: la llamada ley de la compensación.

Su propósito, muchas veces celebrado y elogiado por cierta crítica especializada, no es impartir justicia dentro de la cancha, sino cuidar el espectáculo –o, quizás, evitar que los jugadores lo maten por ser demasiado estricto. Está demás decir que, si lo que quiere hacer el fútbol algo más agradable de verse, no lo consigue. El resultado suele ser todo lo contrario: recitales de patadas, codazos y rodillazos repartidos con creciente impunidad, como los que se vieron en la Copa América, un torneo de arbitrajes francamente lamentables.

falta_di_maria

http://www.ole.com.ar/static/DESMedia/swf/jwplayer/player.swf?hash=06418663a841fc726e7547ca13cc4e14

“Esto es América y acá se juega así”, le contestó el árbitro mexicano Roberto García Orozco a Lio Messi le increpó porque dejaba que le pegaran tanto durante el partido Argentina-Colombia, según cuenta una crónica del diario español El País. No tiene por qué ser así. Si Sudamérica se vanagloria de ser cuna de grandes talentos futbolísticos, ¿por qué se resigna a que su torneo continental se parezca cada vez más una competencia de vale todo? Permitir el juego fuerte por encima del reglamento atenta contra el espectáculo, básicamente porque los principales receptores de las agresiones son los jugadores más talentosos, las estrellas, que en lugar de dedicarse a hacer lo que mejor saben se pasan la mitad del tiempo en el suelo y la otra mitad, cuidándose de las agresiones. Casi irremediablemente terminan fuera de sí, y a veces lesionados. El resultado es partidos intensos, emocionantes sin duda, pero en general con poca calidad.

cuadrado cueva peru colombia

No se trata de negar que las infracciones son parte del juego, y muchas veces son inevitables. Pero sí se debe impedir que la falta sistemática y el antifútbol se conviertan en parte integral de una estrategia de juego. Tampoco deberían permitirse la repetición de faltas y las provocaciones orientada a sacar de quicio a un jugador rival. Los árbitros deberían estar pendientes de estas prácticas, que han sido recurrentes en la Copa, y hacer lo que supuestamente es su función: aplicar el reglamento.

En fin, deberían. Pero qué podemos esperar, si los jerarcas históricos de la Conmebol están ahora mismo presos, prófugos o con arresto domiciliario, acusados por la justicia de Estados Unidos de formar parte de una red de corrupción y sobornos. Es decir, lo que todo el mundo sabía.

Una mirada benévola nos llevaría a pensar que los árbitros simplemente son malos. Otra, un poco más descreída, a decir que en realidad son la cara visible de una podredumbre mayor.

Que cada quién se quede con la idea que más le reconforte.

Olvidemos a los héroes

El genio individual ha sido absorbido por los sistemas. Es cada vez menos frecuente ver una figura que carga con el mal funcionamiento de un seleccionado, ni siquiera en un torneo, en un partido. De los recientes, recuerdo los tres goles de Cristiano de visita frente a Suecia, que hicieron que al menos por un día se olvide que Portugal es un seleccionado vulnerable, lento e impreciso.

El sistema define los cambios sociales y está por encima de los individuos, sentencia la Sociología clásica. Hay parte de razón en esa visión positivista de la realidad, donde la sociedad se concibe como un conjunto donde las estructuras determinan sus principios.

Trasladando la máxima al fútbol, basta remontarse al último Mundial, donde el gran destacado no fue un jugador, sino el sistema alemán. A partir del funcionamiento similar a un ferrocarril con la puntualidad de un reloj, aparecieron Muller, Kroos, Hummels, Neuer. A diferencia de los torneos de clubes, en los de selecciones destacan arqueros, defensas, volantes defensivos o mixtos: Kahn fue la figura del 2002 y Cannavaro la del 2006. La última gran actuación de un jugador ofensivo la dio Forlán en el 2010.

Las dos razones más señaladas sobre los sistemas prevaleciendo sobre el genio son el poco tiempo de trabajo y el agotamiento (los torneos de selecciones se juegan al término de una larga temporada que va de los 40 a los 60 partidos en alrededor de diez meses). El poco tiempo de trabajo impide darle funcionamiento al once y el agotamiento merma el rendimiento individual. La segunda alternativa depende del momento en que el pico de rendimiento agarre del jugador, por lo mismo es variable. La segunda, por otro lado, es una constante. El sistema tarda en conseguirse, depende de prácticas diarias y de varios partidos. Por ello, mucha selecciones nunca lo consiguen y otras lo van encontrando en el rodaje del torneo.

Los sistemas aceitados, a su vez, potencian al genio individual. No es que este haya desaparecido, se les ve todos los fines de semana en sus clubes, pero en selecciones aparecen a cuentagotas. En un fútbol cada vez más competitivo y físico, es muy difícil que Neymar, Messi, James o Cavani carguen con el peso de un equipo que en el poco tiempo de entrenamiento ha privilegiado el ensayo en defensa antes que el ofensivo; inicialmente, arriba se privilegia la libertad y la asociación entre las figuras. Los seleccionadores esperan primero ser sólidos en defensa, luego irán agarrando dinámica ofensiva y aparecerán las sociedades en el área rival. En los clubes sucede lo contrario: relevos, paredes, ruptura de líneas fluyen naturalmente, de memoria, por el trabajo diario y en muchos casos sostenido durante años. En los clubes, el funcionamiento potencia a la estrella y el sistema está concebido en torno a ellos. Genio y sistema son complementarios.

Maradona copa 86

Sin sistema engranado, la figura pierde relevancia. El mejor Brasil se vio en los primeros 45 minutos frente a Venezuela, con Neymar en las tribunas. La salida del astro amistó a la verde amarela con la pelota, porque ya no había a quien entregársela para que resuelva; tuvieron que conectarse y ser un equipo que agredía, no que esperaba al genio hacerlo en nombre de todos. Y es que el fútbol es un deporte demasiado colectivo. La épica individual aparece muy eventualmente. Quizá por ello no recuerdo ninguna gran película sobre fútbol, deporte donde el protagonista no es un actor sino todo el equipo.

Esta situación desilusiona al hincha, porque el héroe emociona más que el sistema. El sistema es materia para especialistas de la táctica, mientras en el héroe se proyectan los sueños y deseos. El márketing inteligente comprende la estructura de los sueños, y por ello apela a la estrella en sus eslogans. En Sudáfrica 2010, sonó mucho la campaña de Nike: héroe + 10. El nombre iba desde Messi y Schweinsteiger, siempre + 10. Al final prevaleció el ‘tiki taka’ de España, sin ninguna figura rutilante. Campeonó el juego asociado.

El héroe sigue vigente, pero desaparece sin sistema aceitado. Aunque la Sociología clásica quiso olvidarlo, siempre han sido individuos los que han cambiado la historia. Las estructuras definieron el cambio social, incluso la aparición de un Napoleón, pero fue un espíritu con características específicas lo que llevó a que esa persona resalte sobre el resto y pase de estratega militar a ser coronado emperador.

Ahora que arranca la fase de eliminación directa, es cuando más se espera la aparición del genio individual. El hincha quiere ver a Messi haciendo la gran Maradona, a James destacando como en el Mundial. El problema es que ahora el 10 colombiano está recibiendo la pelota en cancha propia y no al borde del área contraria como en Brasil 2014. Cada vez que Messi se pone la albiceleste, queda más claro que el Barza de la última década no ha ganado todo sólo por la Pulga. Incluso los héroes necesitan que los mortales les devuelvan bien la pelota.

Colombia, el nuevo productor de materias primas

por BRUNO RIVAS

Durante décadas, en el intercambio de bienes mundial, al continente americano se le ha asignado el rol de productor de materia primas. Los más valiosos commodities de este lado del mundo han terminado en las zonas más desarrolladas del planeta. Como resultado de ese intercambio, las joyas de Latinoamérica terminan siendo pulidas y aprovechadas por los países más poderosos de Europa. Durante décadas, los negociantes europeos centraron sus inversiones en las zonas cercanas al Atlántico. No obstante, la producción de los últimos años los está empujando hacia el oeste. Ahora tienen que mirar hacia Colombia.

El encuentro entre Colombia y Brasil ha dejado bien en claro de dónde proceden actualmente las joyas de Latinoamérica. Si bien, la verdeamarela cuenta con el diamante en bruto más valioso del continente, Neymar; los cafeteros poseen una mayor cantidad de piedras preciosas. James, Cuadrado, Teo Gutiérrez, Bacca son solo algunas de las joyas con las que cuenta la escuadra tricolor. La mayoría de ellas han sido perfeccionadas en las mejores joyerías de Italia, España e Inglaterra y los resultados saltan a la vista. El exceso que antes provenía del gigante sudamericano ahora se ha trasladado a su vecino del oeste. Ahora los tacos y quiebres provienen del Mar Caribe, los tiros errados le pertenecen al otro lado de la Amazonía.

colombia

Si bien Colombia vive actualmente en el lujo, es importante que sepa gestionar su condición de nuevo rico. No sería prudente limitarse a ser un productor de materias primas. Tiene que dar el paso a la industrialización ya que en otros campeonatos ya ha sufrido los resultados de no saber gestionar la riqueza. En instancias mundialistas ha terminado siendo eliminado por equipos con menos commodities. Incluso en Chile mostró su bache de siempre al caer frente a la árida Venezuela.

La victoria sobre Brasil en Santiago de Chile es una buena señal para los cafeteros. Ha logrado superar sin atenuantes al equipo que lo sacó de carrera un año atrás. Por fin ha reconocido su potencial y le ha sabido sacar provecho. Sin embargo, este es recién el comienzo. Aún tiene que demostrar que su producción está por encima de la que se cosecha en el Río de la Plata. Solo si muestra que su mercancía es superior a la argentina terminará de convencer a los inversores del Viejo Continente. El negocio aún no está cerrado.

El tiempo cuando Brasil fue un imperio

 En algún lugar de la historiografía del cual no quiero acordarme, se menciona que los imperios consideran imposible que su dominio termine. Son tan poderosos que les parece imposible que puedan superarlos. Perciben la realidad con ellos por encima del resto y ya se sabe de sobra que las percepciones tienen la tendencia a ser inalterables, basta que recuerden cualquier tema de racismo y sexualidad para confirmarlo. En suma, para los imperios no existe la idea de caída. Las invasiones bárbaras amenazaban la unidad de la Roma imperial, la inflación había llevado a España a la pobreza, la economía de Estados Unidos avisaba su próxima hegemonía en una mundo dominado por el imperio británico, sin embargo, ni romanos, ni españoles ni ingleses pensaron que su fin estaba cerca. Todos tomaron medidas para contrarrestar la crisis. Los romanos, por ejemplo, fortalecieron las fronteras y ensancharon el ejército, adoptaron la religión católica para que el espíritu del imperio se unificara, pero a pesar de la evidencia de cambio que esas transformaciones delataban, jamás pensaron que caerían.

Brasil descartó el jogo bonito con claridad desde USA 94 para recuperar un título que se les negaba hace más de veinte años. Su última final databa del primer Mundial a colores: México 70. Sólidos atrás y con estrellas como Romario y Bebeto resolviendo arriba, les bastó para ser el tetracampeón del mundo. A la selección del 2002, alineación plagada de estrellas, más allá de las dudas que su juego despertaba, le debieron dar la copa antes del debut. Incluso con ese plantel, Brasil no salía a proponer: priorizaba la solidez sobre el espectáculo.

brasil2002

Mientras tuvieron figuras le alcanzó a la verde-amarela. De los noventas a la fecha levantaron cuatro Copas América y dos Copas del Mundo. Ahora que sólo Neymar y por ahí Dani Alves, ya si quieren Thiago Silva –un back, por Dios, ¡un back!– pueden llevarlos a mirarse al espejo sin sentir vergüenza, contemplan con desilusión el tiempo ido cuando eran el paradigma de la excelencia y la belleza. Hace 20 años, Brasil, como los romanos, perdieron la visión imperial para refugiarse en su feudo, sobrevivir en él y resguardarse para proteger lo que les quedaba de grandeza.

Cualquiera, o sea hasta Perú, sale a jugarle golpe a golpe a este Brasil. Una selección competitiva a nivel internacional como Colombia no le tuvo respeto al pentacampeón. En el primer tiempo propuso el ritmo y tuvo las más claras, hasta que abrió el resultado de bola parada. En los segundos 45’ Brasil salió a imponerse, bueno, no exageremos, a buscar el empate, pero la única realmente clara llegó por una desconcentración en defensa de los cafeteros. Colombia estuvo más cerca del segundo con remates de James y Cuadrado.

Cuando pasé por el Mundial 2014, quedé fascinado por la diversión con la que los brasileros toman el fútbol. Para ellos, el fútbol no es un duelo, es una fiesta. Jugaban Brasil-Colombia por cuartos de final y en Copacabana los muchachos preferían que ronde la cachaza que ver el partido en una lejana pantalla gigante. Vi el Brasil-Chile de octavos en una casa burguesa donde el anfitrión sacaba carne de la parrilla en pleno partido, los señores preferían conversar con alguna señorita generosa o pasear la cerveza antes que ver a los suyos. Yo y un puñado de brasileros estábamos pegados a la tele mientras unos veinte comensales disfrutaban de placeres más carnales. Paulatinamente se fueron acercando. Entonces me pareció que los brasileros tienen —o tenían— la bendición del ganador que sabe que de alguna manera va a sacar el partido, ya sea porque el rival va a equivocarse o porque alguna de sus figuras marcará la ventaja que el trámite del partido no delata; a los peruanos, por el contrario, nos sigue la maldición del perdedor, pero eso será tema para otro momento.

Los brasileros ven —o veían, al menos— los partidos con la confianza del dominio eterno. La ausencia de la muerte es un privilegio de los animales, no del ser humano, que por ese motivo busca el placer en el instante: lo que queremos, lo queremos ahora. Quizá por ello, cuando el final llega lo hace como una catástrofe. La tragedia se sufre, la catástrofe te paraliza. Después del 7-1 de Alemania en semifinales, sin mayores desmadres ni desmanes públicos, agacharon la cabeza y ahogaron las lágrimas en la almohada.

Neymar dolor

Hasta esos primeros 45 minutos del “Mineirazo” seguían pensando que podían ser campeones del mundo, porque un brasilero no puede —o no podía— considerarse inferior a nadie, a pesar de las evidencias. Brasil, que por cierto fue un imperio hasta finales del siglo XIX, no podía ver el final terrible que hace mucho amenazaba.

Queda esperar la última fecha. Venezuela, aquella selección que en 1993 celebró el primer gol que le marcaba al todopoderoso Brasil por Eliminatorias, y lo celebraron aunque el partido terminó 5-1, puede asestar el golpe final a quienes fueron los emperadores del fútbol. Si Venezuela termina de invadir el pequeño feudo en el que se ha convertido su expresión futbolística, la visión rácana del temor a nuevas vergüenzas debería quedar olvidada. Sería lo mejor para el fútbol que Brasil regrese a la visión imperial, que suele estar más cerca de la belleza.

Brasil y la obligación de recuperar un relato

por BRUNO RIVAS

Antes de la llegada de la posmodernidad, las cosas estaban claras en el mundo: el bien siempre se imponía sobre el mal, el coraje era objeto de admiración y los artistas buscaban capturar la belleza del mundo. La vida ofrecía garantías al que decidiera comportarse de forma adecuada. Los relatos eran absolutamente predecibles. Uno de ellos indicaba que la selección brasileña siempre ganaba sin problemas los partidos que disputaba.

Habría quién podría decir que el fútbol siempre ha sido posmoderno. Solo en este deporte es posible que gane el que no lo merece. A diferencia del baloncesto o el tenis, en el balompié un equipo puede consagrarse como campeón del Mundo gracias a una pelota que no entra en el arco o una ‘naranja mecánica’ puede ser vencida por un grupo de corajudos alemanes. Lo imprevisible y el azar parecen estar siempre presentes. Pero durante años una selección bregó por eliminar esa tendencia del fútbol: la verdeamarela.

En los cincuenta, la llegada de un adolescente de Minas Gerais le quitó la imprevisibilidad al fútbol. A partir de Suecia 58, Pelé y sus colegas dejaron en claro que solo el ‘jogo bonito’ podía llevarse las copas. Sin embargo, después de los setenta, la verdeamarela empezó a ver cuestionada su sentencia. Durante los ochenta, los grises volvieron a imponerse en el fútbol. De nada le servía a Brasil mostrar el mejor juego, equipos pobres o inferiores ganaban los mundiales.

En EE.UU. 94, Brasil rescató la herencia de Pelé aunque adaptándola a las condiciones posmodernas. A partir de entonces, sus triunfos mundiales y continentales no han sido incuestionables. El ‘jogo bonito’ no necesariamente era el practicado por ellos aunque eso solo parecía importarle a los románticos. Y todo funcionó a la perfección hasta que empezaron a ganar los mejores. El 7 a 1 endilgado por Alemania, ha dejado en claro que el relato brasileño está en crisis.

neymar-fue-mejor-brasil-1434322023008

En Chile, Neymar y compañía están obligados a rescatar el relato heredado. Sin embargo, su primera presentación contra la selección peruana ha puesto en duda que lo logren. El 2 a 1 obtenido en tiempo de descuento no basta para convencer al mundo de que el fútbol es un deporte en el que los brasileños siempre ganan. Más bien, la victoria de la verdeamarela parece apoyarse en otra sentencia anterior a la posmodernidad: que el balompié es un juego en el que los peruanos siempre pierden.  

Blog de WordPress.com.

Subir ↑