Hace ya sus buenos años, cuando yo apenas empezaba en el periodismo, Roberto Challe quiso golpearme. Al menos así lo hizo saber un día a la salida de un entrenamiento de la U. Corría el año 2000 y yo, en uno de mis primeros textos como periodista de una revista deportiva, había relatado ciertas intimidades del vestuario y las concentraciones cremas que mejor no vuelvo a contar. No vaya a ser que Roberto, que otra vez está al frente de la U, se moleste de nuevo conmigo y me quiera pegar otra vez.

Aquel día (felizmente) yo no estaba en el entrenamiento. Cubría la U un poco de lejitos, porque la dirigencia del club por entonces había declarado a mi medio no grato y tenía prohibido entrar a las instalaciones del club. Así que solo entraba de vez en cuando, y generalmente cuando el jefe de prensa del equipo por entonces –el ‘gato’ Javier Chávez– estaba medio distraído o quejándose porque, para variar, no le pagaban.

¿Me excedí aquella vez, con aquella crónica? Un poco, lo admito. De hecho mi director de aquel entonces me lo hizo saber, y fue una lección de periodismo que hasta ahora agradezco. No porque los datos que refería en aquel informe no fueran ciertos, sino porque –en mi intento de describir lo que pasaba en el equipo– invadían el ámbito privado de una persona de modo un tanto excesivo en innecesario. Se podía –creo– decir lo mismo sin necesidad de entrar en detalles enojosos.

Lo cierto es que me excedí. Y tiempo después dejé el periodismo deportivo. Challe, por su parte, también dejó (varios años después) de ser entrenador. Desde entonces se ha pasado mucho tiempo haciendo lo mismo que yo hice aquella vez: excederse. Y no solo eso, también insultando y directamente difamando. Se convirtió en un dinamitero de la declaración, al servicio del periodismo deportivo de pacotilla. Hace nada, lo hizo de nuevo y acusó a Sporting Cristal. Luego se disculpó. No pasó nada.

Por alguna razón, goza de inmunidad. O a lo mejor es inimputable.

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Ahora, resulta que la U lo vuelve a llamar para que se encargue del equipo, que se encuentra en serio y real peligro de perder la categoría, nada menos. En cualquier otro país, donde el fútbol sea un actividad medianamente profesional, sería una decisión inconcebible e inexplicable.

En el Perú, por supuesto que tiene sentido.

Challe representa muchas de las taras que hacen que fútbol peruano sea el desastre que es: la nostalgia de un pasado cada vez más lejano (y que tampoco fue la gran cosa), el elogio a la criollada por encima del profesionalismo, el talento dilapidado por falta de disciplina, el desprecio poco disimulado por el estudio, la crítica malera, la informalidad y la idea de que, a falta de trabajo duro, podemos obtener triunfos a punta de chiripa o de una rapto de inspiración.

Desde luego, no se le puede discutir su amor por la U –y eso que dirigió a Alianza Lima–. Pero si cabría poner otras cosas en cuestión: ¿Estará al día en la teoría y práctica del fútbol moderno? ¿Hace cuánto fue la última vez que se actualizó? ¿Está realmente en condiciones de hacer un trabajo profesional? Encima la dirigencia de la U lo pone al frente de un equipo plagado de jóvenes supuestamente prometedores, a los que justamente se debería formar al margen de las taras ya descritas.

Se suele decir que la gran virtud de Challe como técnico es su capacidad como “motivador”. Aun si fuera así, ¿es eso lo que le falta a la U? No parece. Si un joven que recién empieza en primera división y encima está en un equipo grande no está motivado, mejor que se retire de una vez. No es ese el problema de Universitario de Deportes. Los problemas son otros y solucionarlos requerirá trabajo, no arengas.

En fin, otro síntoma de que, al margen de uno que otro buen resultado, el fútbol peruano no avanza nada desde 1985. Ese año cuando Challe justamente fue llamado para ser entrenador de la selección.

Hoy, más que nunca, la U es el Perú.

Aunque se moleste.