Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es –si cabe el término– el filósofo de moda. Nacido en Corea del Sur, es profesor en las Universidad de las Artes de Berlín y en Alemania lo consideran el heredero de viejas glorias como Hegel y Heidegger.

¿Qué hace un blog de fútbol hablando de filosofía? (Foto: abc.es)
Byung-Chul Han… ¿Qué hace un blog de fútbol hablando de filosofía? (Foto: abc.es)

El campo de estudio de Han es la sociedad y la cultura contemporáneas. En su libro La sociedad del cansancio, sostiene que los grandes males que aquejan actualmente a las humanidad son, cada vez más, autoinflingidos. Si antes nos mataban la malaria, la viruela, el sida o la tuberculosis, ahora sufrimos los efectos de la depresión, el síndrome del trabajador quemado (burnout), los trastornos de atención y la hiperactividad. Aumenta el consumo de drogas, engordamos hasta más no poder (obesidad, diabetes) y cada vez más somos atacados por males de naturaleza autoinmune. Y a la par, los suicidios no dejan de aumentar, sobre todo en los países desarrollados. Es decir, ya no necesitamos que nadie más nos mate, nos hacemos daño nosotros mismos.

Byung-Chul Han sostiene que la causa de todo esto se debe encontrar en el capitalismo neoliberal, que ha creado un discurso que le resulta sumamente instrumental, basado en lo que él llama “exceso de positividad”. En cristiano: el Sí se puede. Ese discurso que nos hace pensar que somos capaces de todo, que el cielo es el límite y que si no lo logramos es porque no nos hemos esforzado lo suficiente.

Se trata de un camino pavimentado por historias de éxito cuidadosamente escogidas, publicidad altamente motivadora, miles de libros de autoayuda y gurús de todo cuño. Y aunque suena muy bien, encierra una trampa: ya no necesitamos que nadie nos obligue a trabajar hasta el desmayo, nosotros mismos somos nuestros capataces. No es necesario que nadie nos esclavice, porque nosotros mismos nos volvemos nuestros propios amos y nos damos de latigazos sin cesar. Y cuando, finalmente, caemos en la cuenta de que por más que nos esforcemos no siempre se puede, caemos en la depresión. Nos frustramos. Sufrimos. Pero luego volvemos a intentarlo, tercamente, hasta que nos quemamos del todo.

El señor Han, que antes de ser filósofo estudió metalurgia, no ha estudiado el fútbol peruano, al menos no hasta donde tenga noticia. En verdad, no tiene pinta de ser un tipo al que le guste el deporte. Pero quizás debería.

Carlos Lobatón con cara de no querer salir del túnel. El lema: "Volvamos a cantar, volvamos a creer".
Carlos Lobatón con cara de no querer salir del túnel. El lema: “Volvamos a cantar, volvamos a creer”.

Las eliminatorias son, para el mundo del fútbol peruano, un perfecto ejemplo de como cada cuatro años el sistema se encarga de renovarnos la ilusión de que esta vez sí se va a poder. Aun cuando todas las evidencias son cada vez más contundentes en el sentido contrario. Los rivales son cada vez más fuertes y nosotros, cada vez más débiles. Los rivales tienen una estructura más profesional, tienen mejores jugadores que juegan en mejores ligas, tienen más experiencia y fortaleza mental. Nosotros, en cambio, seguimos sumidos en un torneo cada vez más informal, intrascendente y poco competitivo. Nuestros pocos buenos jugadores se hacen viejos y ninguno de los futbolistas titulares de la selección peruana es titular también en un club de primera línea en Europa. Los clubes peruanos terminan su participación en los torneos internacionales generalmente goleados y humillados.

En fin, la razón dice una cosa; pero la “positividad” señala otra y para ganar legitimidad recurre a argumentos supuestamente racionales: el patriotismo, el coraje, la historia. Buscamos responsables individuales para problemas que evidentemente tienen causas mucho más profundas, colectivas. En fin, la emoción siempre gana. Vuelven los chamanes y los cuyes a la televisión, y la gente se desespera por entrar al estadio. Por eso, aunque parezca insólito, las entradas para ver a Perú ya son las más caras de toda la eliminatoria Sudamericana. Y el estadio se llena.

Y luego llega el partido y nos preguntamos qué tienen nuestros jugadores en la cabeza. Por qué se hacen expulsar. Por qué fallan en lo más elemental, en lo que evidentemente debían tener ensayado (por ejemplo, las pelotas paradas). Por qué, justo cuando parece que tienen una oportunidad de lograr algo, hacen todo lo necesario para autodestruirse.

Entonces empezamos a buscar responsables. Los hostilizamos y perseguimos hasta el agotamiento. Hasta que los echamos. Y con ellos fuera, seguimos perdiendo.

Dicen que el fútbol siempre da revanchas. A estas alturas, para nosotros, esa no es una virtud, sino una maldición.

Anuncios