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Curva Diagonal

Deporte – ciencia

Autor

Jaime Cordero

Periodista, editor, curioso profesional, pistolero sin sueldo.

La izquierda es nuestro problema

izquierda

ALDO MARIÁTEGUI TIENE RAZÓN: el problema del Perú siempre ha sido la izquierda, siempre la izquierda. Llevamos al menos 20 años buscando ese zurdo prodigioso que nos complete la línea de 4, que marque con solvencia y se proyecte con criterio. Ni siquiera le pedimos que desborde y llegue hasta el fondo; con uno que otro buen centro estaríamos conformes. Pero ni eso tenemos. El lado izquierdo de nuestras selecciones es un permanente agujero negro.

Nuestra carencia desafía la estadística: ahora mismo la población peruana es de 30 millones de habitantes. De ellos, algo menos de la mitad es hombre, es decir, 14 millones y pico. Si, como dice Wikipedia, alrededor del 8% de la población es zurda, eso implica que en el Perú debe haber un millón de potenciales candidatos a cubrir el carril izquierdo. Sin embargo, Gareca optó por llevar a Chile y alinear como titular contra Brasil a Juan Manuel Vargas, en la práctica un ex jugador. Sobran los comentarios.

Percy Olivares, el lateral zurdo más diestro del fútbol peruano.
Percy Olivares, el lateral zurdo más diestro del fútbol peruano (foto: farandulita.com)

El último que supo ocupar la banda zurda con mínimo decoro fue Percy Olivares, quien para más inri era diestro. Y tampoco habrá sido tan destacado si Oblitas (el último que estuvo a punto de guiarnos a un mundial), optó en más de una ocasión por sentarlo. Su agilidad de pies (esa que luego lo consagró en El Gran Show) lo hacía desequilibrante en ofensiva pero muy frágil en la marca. Lo que llegó luego fue una serie de esperanzas que se quebraron: Mario Gómez o Juan Alexis Ubillús, por ejemplo. A tanto llegó nuestra desesperación que hasta Walter Vílchez ocupó el puesto. Luego apareció el Loco Vargas, que emocionó porque tiene dinamita en el pie izquierdo, pero nunca sintió el puesto. Y eso fue hace 10 años. Demasiado ida y vuelta para su creciente barriga.

Lo cierto es que el Perú nunca ha sido tierra de laterales. En la tierra que se proclama la segunda patria del tiqui-taca (después de Brasil) nunca ha sido bien visto el oficio pedestre del obrero condenado a subir y bajar sin parar, relegado a los confines del campo. Será que zurdo que encontrábamos con un mínimo de talento lo promovíamos a labores supuestamente más elevadas, como puntero izquierdo o volante de primera o segunda fila. Es que ser lateral cansa y encima requiere muchísima disciplina y entendimiento del juego, pues eso de decidir cuándo toca proyectarse y cuándo hay que cerrar no es tarea para improvisados. Encima, no es un puesto muy vendedor y es fácil encontrarse con un adversario habilidoso que se empeñe en dejarte en ridículo. Sale más a cuenta renunciar a la parte engorrosa del puesto y declararse abiertamente ofensivo, aunque eso vaya a contramano con el fútbol contemporáneo, que demanda tanto talento como sacrificio.

Que Perú deje de ser cantera de hinchas y se convierta en semillero de laterales nos ahorraría muchos disgustos. Pero claro, no es tan sencillo. Requiere tener vocación de actor de reparto en un país que se muere por las vedettes.

La historia de Perú

NADIE PUEDE NEGAR QUE EN EL FÚTBOL LA HISTORIA PESA. Lo que enerva en el caso peruano es la exageración. Cada campaña de la Selección es la repetición de un ritual que empieza con un relámpago esperanzador (un gol, alguna victoria, un par de buenos partidos) y termina siempre de la misma manera: la profunda decepción. Quizás por eso, porque en el fondo sabemos que la historia siempre ha sido mala con nosotros, es que nos empeñamos tanto en sostener disparates o títulos sin valor, como cuando sostenemos que la U es un equipo copero, o insistimos en que la volante peruana fue la mejor de la primera fase de Argentina 1978. Como sabemos que la historia ha sido mala con nosotros, tratamos de reescribirla de modo un poco patético. Pero al final ésta (al menos para nosotros) se repite, sintetizada en una frase que ya es sabiduría popular: jugamos como nunca, perdimos como siempre.

Flashback al 97: Zambrano cambia de camiseta con Neymar.
Flashback al 97: Zambrano cambia de camiseta con Neymar.

Aún faltan al menos dos partidos para poder hacer una evaluación de lo que dejará para Perú esta Copa América, pero el partido con Brasil sirve como buen resumen de una realidad que trasciende a técnicos y jugadores: qué culpa tendrá Gareca de un drama que no han podido resolver, a lo largo de más de dos décadas, ni distinguidos psicólogos ni los chamanes más reputados del país. Freddy Ternero y su Cienciano supieron romper el círculo vicioso durante un par de años, pero su método –que demandaba caminar sobre carbones ardientes– era de difícil reproducción. Eso, sumado a una dirigencia que no supo –no quiso– aprovechar la oportunidad para fortalecer una institución, hizo que el papá cusqueño quedará como la excepción que confirma la regla.

De cualquier forma, la motivación y el autoconvencimiento son solamente una parte del problema, seguramente la más fácil de resolver. No se trata de creer que podemos ganar, sino de saber hacerlo. Esto requiere, desde luego, de una predisposición hacia el éxito, pero también de oficio y pericia. Esas virtudes que orientan para no perder las marcas, no cometer faltas innecesarias, no caer en las provocaciones del rival y, más bien aprovechar su desesperación. O, como el domingo, entender cuándo es el momento para bajarle el telón al partido, dejar de intentar ganarlo en los descuentos y dar un empate por bueno y guardar la pelota en el banderín del córner, lo más lejos posible del arco propio.

Perú no puede hacer nada eso. En su peor versión es claramente superado por sus rivales; en la mejor, planta cara de igual igual, o incluso juega mejor, pero nunca demuestra una predisposición activa para cerrar los partidos; más bien se limita a esperar que el tiempo corra. En los últimos diez minutos, el futbolista se confunde con el hincha que aprieta los puños, grita al televisor y pregunta cada dos minutos cuánto tiempo queda, porque más que eso no puede hacer. El futbolista sí puede, pero la ansiedad le come las piernas más rápido, no lo deja pensar con claridad y, en última instancia, lo paraliza. Luego dice que no mereció perder, lo cual a lo mejor es cierto, pero sólo durante los primeros 85 minutos.

Cambiar esto no puede ser fácil, menos en el Perú, el país de tantas oportunidades desperdiciadas. Pero algún día habrá que empezar. Un primer paso sería convencernos que la historia no cambiará por el resultado de un solo partido. Aunque sea una victoria sobre Brasil.

El fútbol y la ciencia

Fútbol hinchas peru

«El fútbol es popular porque la estupidez es popular», dicen que dijo Jorge Luis Borges, no en vano el más inglés de los escritores argentinos. No son pocos los intelectuales que han intentado darle la razón, incluso con base científica. Un reciente estudio parece haberlo conseguido: luego de complejos experimentos conductuales y de laboratorio, el Dr. Mehmet Uqbar, de la prestigiosa universidad de Diyarbakir, en el Kurdistán turco, asegura haber encontrado una relación directa entre visionado repetido de partidos de fútbol y la inhibición de ciertos neurotransmisores, entre ellos la dopamina. El resultado es un estado de virtual bloqueo de las funciones cognitivas. Aunque consciente y por ratos eufórico, el sujeto es virtualmente incapaz de adquirir nuevo conocimiento o incorporar nueva información que lo lleve a modificar sus creencias anteriores.

Para llegar a sus sorprendentes conclusiones, el Dr. Uqbar trabajó con dos grupos de voluntarios, uno de hombres y otro de mujeres. A los primeros les puso una larga serie de partidos históricos del Besiktas de Estambul, equipo del que solía ser fanático hasta finales de los noventas, cuando de modo abrupto –y sin que explicación racional, como él mismo ha reconocido– empezó a detestar el balompié. A las mujeres les puso repeticiones de telenovelas de su país, a fin de contrastar las reacciones. El resultado fue asombrosamente similar: tanto varones como féminas entraron en estado de extrema terquedad. Las mujeres, por su parte, insistieron con creciente agresividad en que el actor Halit Ergenç era más guapo que George Clooney o Brad Pitt, reconocidos referentes de la belleza masculina madura a nivel mundial.

El Dr. Uqbar prepara un detallado informe sobre su estudio, que espera sea publicado por Nature, para la debida validación de sus pares. Sin embargo, según ha expresado en los ambientes académicos, primero desea hacer una nueva ronda de experimentación en el Perú, país que no conoce aún, pero con el que asegura sentir una extraña sensación de cercanía desde que un elegante volante zurdo de apellido Del Solar llegó a Turquía para vestir la camiseta de su otrora querido club. Además, le han dicho que su comida es bien rica y que sus mujeres –las más bellas del continente– suspiran por Onur.

El Perú, además, resulta un país ideal para revisar la validez de sus experimentos. A Uqbar le resultó fascinante enterarse de que en un lejano país de Sudamérica los hinchas tienen la costumbre de repetir de manera compulsiva los videos de partidos de su selección jugados hace décadas, al punto de que han quedado convencidos de que en algún punto de su historia fueron una potencia futbolística. Incluso hay quienes sostienen que Perú debería reclamar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1936. Como consecuencia, los fanáticos peruanos renuevan su terca ilusión cada vez que su selección, ubicada actualmente en el puesto 61 del ránking de la FIFA, sale a jugar un campeonato.

Aun a falta de esta última validación, los hallazgos de Uqbar no han pasado desapercibidos. Avispados gerentes de marketing ha aprovechado la coyuntura para lanzar nuevos modelos de camisetas que, cosa curiosa, se compran con avidez, tanto en sus versiones oficiales como piratas. Futbolistas de equipos de tercera línea europea ocupan los espacios en las vitrinas de las tiendas deportivas que hace unos días estaban reservados a Lionel Messi y Luis Suárez. Y en el colmo de la audacia calculada, un supermercado ha ofrecido devolver la plata a todos los que compren televisores en sus tiendas, siempre que Perú llegue a la final. El domingo el Perú juega con Brasil y el país estará paralizado. En la mente del peruano promedio planea una idea: el Perú-Brasil de 1970 fue el mejor partido de la historia de los mundiales. Dicen que lo dijo Joao Havelange, que nunca en su vida mintió. Al menos ese partido se puede ver en colores.

No a los diminutivos

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EL FÚTBOL PERUANO SE TERMINÓ DE JODER el día que a un periodista se le ocurrió que era buena idea usar diminutivos para referirse a los jugadores. Desde ahí nos llenamos de foquitas, chiquitos, machitos, jotitas y paolines. Apodos menudos, que no inspiran temor ni respeto, a la medida de un fútbol de escaso vuelo. Y desde entonces seguimos buscando, sin éxito a la vista, un nuevo gran capitán, un patrón, otro diamante aunque sea mal pulido. La nueva camada de chicos de Jota Jota Oré va, inexorablemente, por el mismo camino. Ahora que acaban de llegar de regreso a Lima recién empieza su odisea.

El diminutivo aparenta trato cariñoso, pero es una vil trampa: en realidad es condescendencia. No sé como será en otros países, pero en el Perú quien te bautiza así termina ejerciendo una perversa forma de superioridad moral. Te recuerda lo pequeño que eres. Y lo fácil que será hacerte leña cuando llegue el momento adecuado.

Reimond Manco, el jotita más emblemático, convertido ahora en la piñata favorita del fútbol peruano contemporáneo, era un chiquillo como cualquier otro cuando lo conocí en Ecuador, allá por el 2007. La prensa peruana había bendecido con su desprecio a ese plantel que antes de irse a jugar el Sudamericano celebró un almuerzo en la Videna. Ni siquiera la perspectiva de una comida gratis atrajo a los periodistas ese día. Los chicos se despidieron, viajaron y se aclimataron a la altura de la sierra ecuatoriana en silencio. Cuando les tocó debutar le ganaron a Brasil, Reimond marcó un tanto y mostró su famosa camiseta del tío Pacori. Unos días después, empezaron a llegar los reporteros para presentar en sociedad a estos chicos que el Perú de nada conocía.

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Al inicio de la fase final del torneo, la delegación peruana compartió hotel con el plantel de Brasil en la ciudad de Ibarra. El contraste entre ambos planteles era demasiado evidente. Los brasileños no solo parecían dos años mayores, por contextura física y talla. También eran más ostentosos. Casi todos tenían su propia laptop y pasaban largo rato en los salones del hotel, conectados al wi-fi, jugando, chateando y comunicándose con sus casas. Los peruanos, que hacían cola para usar la única computadora pública del hotel, los miraban con nada disimulada envidia. Por la tarde, cuando los dejaban salir un rato, la mayoría se iba a buscar cabinas de internet.

Durante esos días pude entrevistar a varios jugadores del plantel peruano. Casi todas las entrevistas terminaban con un «¿me prestas un rato tu computadora?». Los chicos se terminaban agolpando detrás de la pantalla, a la espera de poder conectarse aunque sea unos minutos.

Pero Reimond estaba para otras cosas. Pronto se dio cuenta de que en el Perú futbolero peruano bastaba con jugar bien un par de partidos y marcar un gol para calificar como estrella. Encima, era dicharachero. Así que antes de que terminara el torneo de Ecuador ya estaba averiguando sobre precios y configuraciones. Cuando la delegación llegó a Quito, donde se jugaría la última jornada del Sudamericano, una laptop nueva lo estaba esperando en la recepción del hotel.

Jota Jota Oré era consciente de lo que ocurría. Estaba preocupado. Sabía que las entrevistas frívolas y los regalitos de eran el comienzo de algo que en el Perú solamente podía empeorar. En más de una ocasión manifestó molestia porque empezaba a percibir que su plantel de adolescentes empezaba a ser invadido por oportunistas. Desde luego, tenía razón. Cuando llegaron a Lima, los ya bautizados Jotitas recibieron homenajes francamente exagerados para un equipo que con las justas había quedado cuarto, con un triunfo (contra Venezuela), dos derrotas y dos empates en la fase final. Igual, Manco se paseó por todos los programas de televisión y hasta le regalaron un carro.

El resto de la historia es bien conocido. El Perú sub 17 de Oré llegó a cuartos de final del Mundial de Corea del Sur y hasta les hicieron una miniserie. Pero dos años después el equipo estaba quemado y fue eliminado de fea forma en el sub 20. De los jugadores que viajaron a Ecuador, ninguno ha llegado siquiera a consolidarse en la selección adulta. Curiosamente, entre a los que mejor les ha ido están Pedro Gallese (el arquero suplente) e Irven Ávila, que en Ecuador solo arrancaba cuando Manco o Christian La Torre (los atacantes titulares) estaban suspendidos.

Los nuevos jotitas de Nanjing acaban de regresar a Lima. Cuando se les pase el jet lag, veremos si la prensa y el público peruano les brinda un trato diferente. Un trato a la medida de un equipo que ganó un torneo infantil en el que también participaron Islandia, Honduras, Cabo Verde y Corea del Sur. Es decir, una celebración mesurada, consciente de que, si se siguen haciendo las cosas bien, quizás algunos de esos chicos lleguen a ser auténticas estrellas dentro de unos años.

Habrá que ver, pero no creo.

 

La maravillosa metáfora

CUANDO SE TRATA DE HACER GRANDES PELÍCULAS no hay deporte que se le mida al boxeo: síntesis de la épica, el dolor, la codicia, la rivalidad, el triunfo pasajero y la derrota inexorable, es decir, de todas esas cosas que sacan lo mejor y lo peor de nosotros. Con el box no es necesario inventar ni exagerar nada, basta con revisar la biografía de un campeón del mundo cualquiera para encontrar esa trama compleja que cualquier guionista soñaría con escribir. Ahí reside el éxito del Jake La Motta interpretado por De Niro, o incluso del Rocky Balboa encarnado por Stallone. El boxeo es tan cruel, tan operístico, tan dramático (tan humano) que cualquiera de esos personajes pasa perfectamente por real. Eso que vimos en el cine tranquilamente pudo pasar en el Rincón del Box.

Juan Pablo Cadaveira no tenía mucha idea de eso cuando un amigo le invitó a acompañarlo a ver una pelea en Connecticut, a una hora de su casa en Nueva York. Ni siquiera le gustan los deportes, pero cuando vio a Sergio ‘Maravilla’ Martínez entendió rápidamente que ese era el personaje de su primera película. Sería un documental y no tenía idea de cómo iba terminar. El boxeo, generoso con todos menos con los púgiles, se encargó del resto.

Juan Pablo Cadaveira (foto: archivo personal)
Juan Pablo Cadaveira (foto: archivo personal)

Ciertamente, había puntos de contacto entre el personaje y el cineasta: compartían la nacionalidad y además ambos eran expatriados, pero el atractivo del personaje iba más allá. “A nivel cinematográfico había un gran personaje, súper interesante, carismático, con un gran pasado de lucha y un presente super dramático también, porque todo el mundo estaba esperando a pelear con él cuando empezara a decaer”, resume Cadaveira. Como buen campeón, Maravilla tenía pasado y presente de hambre: luego de pasar años en la serie B del boxeo, el púgil argentino logró llegar a la cúspide. Pero cuando Cadaveira lo vio pelear por primera vez acababa de ser despojado de su título de los pesos medianos con uno de esos golpes de despacho, cada vez comunes en el boxeo mundial. Recuperar el cinturón no solo implicaría ganar peleas, también imponerse a un establishment donde el pay-per-view y el tamaño de las bolsas pesa mucho más que talento o el poder de los puños.

Pintaba ya como una tremenda historia, y Cadaveira acompañaría a Martínez en ese trance, a ver qué pasaba. ‘Maravilla, la película’ es la crónica de  ahí una odisea que pasa por gimnasios y cuadriláteros, pero también por oficinas y estudios de televisión. “La historia de un hombre que lucha por seguir luchando”, define el director.

La historia se fue escribiendo, y Cadaveira admite que no habría podido imaginar un final mejor. De hecho, esa pelea Martínez vs. Julio César Chávez Jr. fue una de las mejores de los últimos años. Y el último asalto fue de infarto.

Es la magia del boxeo, metáfora de la vida, y a veces también del cine. La odisea de Maravilla Martínez para pelear por un cinturón en Las Vegas también puede parecerse a la de un joven cineasta latinoamericano que busca apoyo para su primera largometraje. Para ambos hay negativas, teléfonos ocupados y financistas avaros, una estructura de poder diseñada para hacerles el camino lo más difícil posible. “A todos nos suena la campana y todos los días es un round”, resume el cineasta, que ahora se reconoce como un fanático del boxeo. Cosas que suelen ocurrir.

 

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