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Deporte – ciencia

Argentina o el difícil trance de mimar a una pulga

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por BRUNO RIVAS

Tras dos Copas Américas y tres Mundiales, que sirvieron de campo de pruebas, la AFA parece haber encontrado la fórmula perfecta para que su gran estrella, Lionel Messi, se encuentre a gusto. En el entretiempo del encuentro contra Paraguay se le vio salir a la cancha relajado, sonriendo, compartiendo bromas con su paisano Ángel Di María. Al astro argentino se le notaba con una disposición similar a la que tiene en las canchas europeas. La aclimatación emocional parece estar surtiendo efecto.

El proceso no ha estado exento de dificultades. Luego de auspiciosas presentaciones en el Mundial del 2006 y en la Copa América del 2007; en las que cumplió con creces el papel de revelación juvenil, Messi entró en un bache. Cuando todo indicaba que el rol que le correspondía era el de líder indiscutible, ‘La pulga’ empezó a achicarse. El rosarino no fue capaz de anotar ni en Sudáfrica ni en el torneo jugado en casa. Del ídolo de Barcelona no había ni rastro.

Para Brasil 2014, el técnico argentino Alejandro Sabella leyó muy bien la situación. Entendió que al ídolo hay que mimarlo. Tomando en cuenta que parte del éxito experimentado en Cataluña proviene de rodearlo de un ambiente familiar; construyó un cuadro que se adaptara a su circunstancia. Le puso al costado a otro rosarino y sacó de la lista a un posible rival en el liderazgo. Y dicha apuesta por la tranquilidad de la estrella rindió réditos inicialmente. Los primeros partidos en el país carioca mostraron la mejor cara del diez. Bosnia-Herzegovina, Irán y Nigeria lo sufrieron. Luego contra Suiza asistió a Di María para lo que fue una clasificación in extremis. Sin embargo, la estrategia de Sabella no alcanzó para todo el campeonato. Los últimos partidos mostraron a una pulga desorientada que ya no corría en la cancha. Incluso en la final erró un gol que en Cataluña suele anotar sin problemas. Finalmente, Messi solo pudo recoger un trofeo individual que, para muchos, no merecía.

Para esta Copa América, la AFA está buscando terminar de afinar la táctica de Sabella. Ahora le han puesto como técnico al ‘Tata’ Martino, otro ídolo de Rosario que en el 2013 fue llevado al Barcelona por Messi. En el debut contra Paraguay ya se cosecharon resultados. El diez anotó y trianguló con Di María. Ahora sonríe como si estuviera en Rosario. Por el momento, el marcador es lo de menos. No importa tanto que Paraguay haya logrado levantar en treinta minutos un 0 a 2 en contra. Al fin y al cabo, ‘La Pulga’ se siente mimada. La AFA sabe que eso es bueno para la albiceleste.

México, el invitado insolente

por BRUNO RIVAS

Desde su primera participación en la Copa América, la selección azteca ha mostrado que tiene una tendencia a no respetar las reglas que debe seguir un buen invitado. Allá por 1993, en su debut en Ecuador tuvo la osadía de eliminar al anfitrión y llegar a la final del torneo. Solo la última gran actuación argentina evitó que los norteamericanos se llevaran el torneo que organizan los del hemisferio sur. La selección de Hugo Sánchez, ‘Zague’ y Jorge Campos casi comete en Guayaquil un rapto propio de un príncipe troyano.

En las siguientes ediciones, México se comportó un poco mejor. A excepción del 2001, donde nuevamente estuvo a punto de quitarle la novia al anfitrión, ha tenido actuaciones en las que ha mantenido el perfil bajo propio de un tímido convidado. Sus participaciones se limitaban a pasar las primeras instancias con un fútbol que no aburría ni deslumbraba. Parecía que ‘el Tri’había comprendido cuáles eran los tiempos adecuados de estadía y despedida.

No obstante, desde la Copa América de Argentina, México ha vuelto a mostrar su tendencia a la insolencia. En el 2011, respondió de mala manera a la invitación y mandó a una delegación de segundo nivel. Una Sub-20 mexicana se presentó en los estadios de San Juan, Mendoza y La Plata y brindó una performance para el olvido. Sus cero puntos en tres partido dejaron claro que ese equipo no estaba a la altura de las circunstancias. Quedaba demostrado que los aztecas no habían cumplido con el protocolo.

México-Bolivia

Con ese precedente, se esperabaque para Chile, los mexicanos corrigieran su error. Sin embargo, lo han repetido. Han vuelto a mandar a una selección de segundo nivel y han puesto como excusa que hay una mejor fiesta en el Norteamérica. Están guardando sus mejores atuendos para los bailes en EE.UU. y Canadá. Y los resultados de su decisión saltan a la vista. Una partido sin goles en Viña del Mar ante la débil Bolivia marca la pauta de lo que será otra presentación solo para cumplir. No hay respeto para los anfitriones.

Pero no todos ven con malos ojos a la insolencia mexicana. Quizás, gracias a los aztecas, el Perú no quede último en la tabla general. Por suerte, siempre hay alguien que puede ser más impresentable.

Una Copa no basta

Seis ediciones consecutivas de la Copa América alcanzando los cuartos de final; la última vez que no clasificó fue en 1995. Desde el 93, ha sobrevivido a dos grupos de la muerte. Suenan a los palmarés de una selección consolidada, pero no, son los de la blanquirroja. Hay más. En 1993 Perú clasificó invicto en el Grupo B, que completaban Brasil, Chile y Paraguay; la Roja de “Bam Bam” Zamorano se quedó en el camino, con soberbia actuación de “Miguelón” Miranda, tapada de penal incluida al 9 de la selección chilena y el Real Madrid en el partido decisivo, que ganamos 1-0 con gol de “Chemo” Del Solar. En el 2001, la selección clasificó como el mejor tercero también del Grupo B, otro de la muerte, completado por Brasil, México y Paraguay.

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¿Cómo una selección que deambula entre el malestar y la vergüenza ha tenido actuaciones por encima del promedio, mejores que las de mundialistas como Paraguay o Ecuador? Hay algo de mérito de la blanquirroja, selección que al tener un plantel tan corto, le sientan mejor los torneos que duran semanas a los que se prologan años como las Eliminatorias. El otro es que clasificar en la Copa es fácil, tremendamente fácil.

De doce selecciones, en la fase de grupos sólo se quedan cuatro. El resto, directo a cuartos de final. Costa Rica pasó la primera fase en el 2004 con un partido ganado y -3 de diferencia de gol; Uruguay en el 99 con 3 puntos y -2 de promedio; Colombia en el 97 también con 3 puntos y 0 de promedio. Los números en la Copa nos juegan a favor. En la edición actual basta con ganarle a Venezuela y que en otro grupo dos equipos saquen un punto; o sea, que empaten entre ellos y pierdan sus otros dos partidos. Es tan mero trámite, que incluso con un empate y si no te golean, se puede llegar a cuartos. Nunca se ha dado, pero siempre hay una primera vez. Como está Perú, hay que apuntar a lo inédito. Varios venimos haciendo numerología desde antes de empezar a jugar.

Pero no solo está el tema de lo fácil que es pasar. Añado el ya mencionado asunto del plantel corto. En una Eliminatoria, las lesiones, declive de rendimiento durante la temporada, en fin, todos los factores que conocemos de memoria, se vuelven intramitables debido al fixture largo, con fechas distanciadas por meses. Sin embargo, en unas cuantas semanas son manejables para un once con las ideas claras y una cuota decente de gol. La prensa, además, juega menos en contra, porque el hostigamiento se reduce fuera de las fronteras, donde los enviados especiales o corresponsables prefieren adular para conseguir notas y los asediados por la prensa extranjera son las estrellas que visten otras camisetas. Anímicamente la Copa no pesa tanto para la blanquirroja. No tiene punto de comparación con la presión del Mundial, al límite de que Peredo sostiene que la Copa es una prueba para ver el lugar en el que estamos parados a nivel Sudamérica y apuntar al Mundial del 2018.

Todo esto lleva a que Perú suela clasificar en la Copa, incluso con resultados históricos como aquel 3-0 a Uruguay, la reciente eliminación en cuartos a Colombia o el repaso que Paolo Guerrero le dio a la zaga venezolana por el tercer puesto de la última Copa América, en ese 4-1 que hizo del antepenúltimo puesto en las Eliminatorias más triste y patético.

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El tema, como me dicen varios amigos, es que ahora no estamos ni para ganarle a Venezuela. Si tuviéramos a Jamaica o Bolivia en el grupo, los otros dos del bombo 4, me atracaban la numerología, pero con Venezuela, no. Me gusta dar la contra, qué se le va a hacer, soy un diagnosticado del Dr. Mehmet Uqbar, así que a Betsson para meterle unas fichas de puro loco,  a lo Gareca, que apuesta por Vargas de lateral izquierdo para ganar peso ofensivo, como si eso fuera lo que nos falta.

Chile: ¡ay, qué difícil es ser del primer mundo!

por BRUNO RIVAS

En la inauguración de la Copa América, a pocos minutos del debut de ‘La Roja’, la presidenta Michele Bachelet se mantuvo en silencio. A pesar de que la fiesta daba pie para que la anfitriona se despachara a sus anchas, la mandataria prefirió evitar posibles abucheos. Y es que pese a que el país del sur marca la pauta en Sudamérica en desarrollo económico y social, el descontento social es grande. Las expectativas han crecido y ahora las aspiraciones se van asemejando a las que se experimentan en países del primer mundo. Y ese ánimo también se refleja en los gramados. Por cómo se dan las circunstancias, la selección chilena ahora parece sentirse obligada a jugar como las que están en el Viejo Continente.  

Días antes del inicio de la Copa, en la prensa chilena buscaban explicaciones científicas al tiro al palo que evitó que su selección eliminara a Brasil del Mundial del 2014. A todas luces, el equipo de Jorge Sampaoli había hecho los merecimientos para tumbar al anfitrión y pasar a cuartos de final. Solo un viento traicionero podía explicar la vuelta a casa de un seleccionado que jugaba al estilo del Barcelona multicampeón. Lo justo hubiese sido que se codeara con equipos de despliegue generoso, similares a él. Por eso, este torneo se presenta como la ventana de la consagración. Alzar por primera vez la Copa América será la prueba fehaciente de su nueva realidad.

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Sin embargo, lo expuesto enel debut en el Estadio Nacional de Santiago ha dejado algunas dudas. El equipo que debió atropellar a Ecuador, solo pudo embestir en los primeros quince minutos. Tras ese primer aventón, fue domado por un cuadro que no mostraba un fútbol que se asemejara al de las grandes potencias. El vértigo fue diluyéndose y el trámite se volvió tercermundista. Bachelet empezó a sudar. Los manifestantes encontraban más razones para realizar destrozos.

Pero las leyes no escritas del balompie, una vez más fueron en rescate del anfitrión. Un penal dudoso hizo recordar un poco lo ocurrido en la inauguración del mundial de Brasil. Media hora después, y tras un palo salvador, Bachelet era enfocada por la televisión chilena. Sus aplausos al gol de Vargas mostraban que todavía es posible pensar que la selección está a la altura de las circunstancias. Tras el 2 a 0, igual hubo destrozos; no obstante, ellos demuestran que las expectativas son altas, como las del primer mundo.       

El Perú (el seleccionado) está calato

Por Bruno Rivas

Tras la caída del Muro de Berlín, el mundo es otro. Desde entonces, un solo sistema político y económico tiene la hegemonía en el planeta. El libre mercado tumbó todas las fronteras y ha provocado que el movimiento de mercancías y personas siga un flujo constante.  En ese escenario global, los peruanos tenemos la oportunidad de participar. Todas las puertas nos han sido abiertas para invertir o desarrollarnos. En realidad, todas menos una: desde que cayó el Muro de Berlín, el Perú no ha podido acceder a un Mundial de fútbol.

Nuestra última oportunidad real de clasificación ocurrió en las eliminatorias del 86. En 1985, en el Monumental de Nuñez, un tal Ricardo Gareca empujaba una pelota que nos mandaba a un repechaje fatídico con Chile. No importaron los resultados en Lima y Santiago de Chile. La oportunidad había muerto en Buenos Aires. A partir de esa fecha, la suerte ha estado echada. Somos un mendigo que deambula por las eliminatorias y que nunca halla destino.

Un mes y medio antes de la caída del Muro de Berlín, el Perú había concretado su, hasta entonces, peor participación en eliminatorias. Cero puntos, a costa de sendas derrotas en sus emparejamientos con Bolivia y Uruguay, eran el reflejo deportivo de la miseria social que se vivía en el país. Los especialistas nos recetaban una terapia de shock. En el 90 se esperaba un cambio. Y ese cambio trajo consigo al neoliberalismo.

A inicios de la década del noventa, la inversión extranjera estaba rescatando al Perú de la debacle económica. El fútbol peruano parecía necesitar también una inyección foránea. Siguiendo el modelo, llegó un yugoslavo apellidado Popovic que nos ubicó primeros en el ‘Grupo de la Muerte’ de la Copa América de Ecuador. Sin embargo, pese a ese arranque auspicioso, los resultados fueron casi tan penosos como los de la eliminatoria anterior. Un empate con Paraguay en casa evitó que repitiéramos los cero puntos de la performance del 89.

Ya en los últimos años del siglo XX, empezó a gestarse la trama del Perú como cuna de los emprendedores. La promesa de que cualquier peruano que se esfuerce lo suficiente puede acceder al paraíso empezó a expandirse. Y ese espíritu llegó a las canchas de fútbol.  Nos olvidamos de los extranjeros y se le dio la dirección técnica a un ‘cholo terco’. Juan Carlos Oblitas hizo un equipo al que le implantó la mística de la nueva clase media emergente. Con un grupo de jugadores esforzados pero poco técnicos, y en su mayoría del medio local,  se quedó a algunos goles de llevarnos al Mundial. El milagro peruano casi se cumple. Y desde entonces soñamos con concretar ese resultado frustrado.  Nos tragamos el cuento de que era posible clasificar solo apelando al discurso del emprendedor.

El 'Chorri Palacios', el gran emprendedor peruano. (Fuente: América TV)

El Chorri Palacios, el gran emprendedor peruano. (Fuente América TV) 

En todo lo que va del siglo XXI, el Perú ha repetido el libreto. No existe la duda de que el neoliberalismo y los emprendedores nos llevarán al primer mundo. No importa que el Estado y la autoridad hayan desaparecido y que la cultura de transgresión se haya reforzado en el país. Y en el fútbol nacional este discurso se expresa a la perfección. Eliminatoria tras eliminatoria hemos apostado por entrenadores con discurso técnico sofisticado o por caudillos populistas que nos han hecho pensar que el sueño del Mundial está a nuestro alcance. Maturana, Autuori y Markarián, por un lado, y Uribe, Ternero y Chemo, por el otro, hicieron del “Sí se puede” o del “Creo en ti, Vamos, Vamos Perú” mantras capaces de hacernos olvidar que tenemos un campeonato de fútbol que se quedó en los ochenta y jugadores que prefieren el goce al profesionalismo. Con fórmulas teóricas perfectas o con llamados al honor nacional, nos convencieron de que el ‘Chorri’ Palacios o Paolo Guerrero eran capaces de eliminar a equipos cuyo peor resultado es la clasificación a los octavos de final del mundial. Ellos aplicaron a la perfección el sentido común hegemónico contemporáneo que indica que los peruanos somos los emergentes que podemos llegar a Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica o Brasil sin necesidad de invitación.

(Foto: Andina)
(Foto: Andina)

Recién por estos días suena fuerte, incluso entre los liberales, la idea de que “El Perú está calato”. Que eso que creíamos que era un milagro económico no tiene sustento. Que los más de veinte años de neoliberalismo no han generado instituciones ni un sistema que nos permita colarnos en el grupo de los países emergentes. Sin embargo, el fútbol peruano y sus hinchas estamos haciendo oídos sordos a ese nuevo discurso. Confiamos en que el ‘Tigre’ que nos eliminó nos llevará al mundial de Rusia. No importa que los jugadores locales compitan en un campeonato pobrísimo y que los extranjeros salgan a celebrar a las pocas horas de llegar al Perú. Tengo la esperanza de que quizás ahora, en las tierras del vecino que odiamos y que admiramos al mismo tiempo, por fin nos convenzamos que el seleccionado está tan calato como nuestro país. Que no hay emprendedores ni milagro peruano que valgan. Que solo un cambio de sistema puede devolvernos a los tiempos en que el Perú jugaba como cuando existía el Muro de Berlín.

El fútbol y la ciencia

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«El fútbol es popular porque la estupidez es popular», dicen que dijo Jorge Luis Borges, no en vano el más inglés de los escritores argentinos. No son pocos los intelectuales que han intentado darle la razón, incluso con base científica. Un reciente estudio parece haberlo conseguido: luego de complejos experimentos conductuales y de laboratorio, el Dr. Mehmet Uqbar, de la prestigiosa universidad de Diyarbakir, en el Kurdistán turco, asegura haber encontrado una relación directa entre visionado repetido de partidos de fútbol y la inhibición de ciertos neurotransmisores, entre ellos la dopamina. El resultado es un estado de virtual bloqueo de las funciones cognitivas. Aunque consciente y por ratos eufórico, el sujeto es virtualmente incapaz de adquirir nuevo conocimiento o incorporar nueva información que lo lleve a modificar sus creencias anteriores.

Para llegar a sus sorprendentes conclusiones, el Dr. Uqbar trabajó con dos grupos de voluntarios, uno de hombres y otro de mujeres. A los primeros les puso una larga serie de partidos históricos del Besiktas de Estambul, equipo del que solía ser fanático hasta finales de los noventas, cuando de modo abrupto –y sin que explicación racional, como él mismo ha reconocido– empezó a detestar el balompié. A las mujeres les puso repeticiones de telenovelas de su país, a fin de contrastar las reacciones. El resultado fue asombrosamente similar: tanto varones como féminas entraron en estado de extrema terquedad. Las mujeres, por su parte, insistieron con creciente agresividad en que el actor Halit Ergenç era más guapo que George Clooney o Brad Pitt, reconocidos referentes de la belleza masculina madura a nivel mundial.

El Dr. Uqbar prepara un detallado informe sobre su estudio, que espera sea publicado por Nature, para la debida validación de sus pares. Sin embargo, según ha expresado en los ambientes académicos, primero desea hacer una nueva ronda de experimentación en el Perú, país que no conoce aún, pero con el que asegura sentir una extraña sensación de cercanía desde que un elegante volante zurdo de apellido Del Solar llegó a Turquía para vestir la camiseta de su otrora querido club. Además, le han dicho que su comida es bien rica y que sus mujeres –las más bellas del continente– suspiran por Onur.

El Perú, además, resulta un país ideal para revisar la validez de sus experimentos. A Uqbar le resultó fascinante enterarse de que en un lejano país de Sudamérica los hinchas tienen la costumbre de repetir de manera compulsiva los videos de partidos de su selección jugados hace décadas, al punto de que han quedado convencidos de que en algún punto de su historia fueron una potencia futbolística. Incluso hay quienes sostienen que Perú debería reclamar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1936. Como consecuencia, los fanáticos peruanos renuevan su terca ilusión cada vez que su selección, ubicada actualmente en el puesto 61 del ránking de la FIFA, sale a jugar un campeonato.

Aun a falta de esta última validación, los hallazgos de Uqbar no han pasado desapercibidos. Avispados gerentes de marketing ha aprovechado la coyuntura para lanzar nuevos modelos de camisetas que, cosa curiosa, se compran con avidez, tanto en sus versiones oficiales como piratas. Futbolistas de equipos de tercera línea europea ocupan los espacios en las vitrinas de las tiendas deportivas que hace unos días estaban reservados a Lionel Messi y Luis Suárez. Y en el colmo de la audacia calculada, un supermercado ha ofrecido devolver la plata a todos los que compren televisores en sus tiendas, siempre que Perú llegue a la final. El domingo el Perú juega con Brasil y el país estará paralizado. En la mente del peruano promedio planea una idea: el Perú-Brasil de 1970 fue el mejor partido de la historia de los mundiales. Dicen que lo dijo Joao Havelange, que nunca en su vida mintió. Al menos ese partido se puede ver en colores.

No a los diminutivos

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EL FÚTBOL PERUANO SE TERMINÓ DE JODER el día que a un periodista se le ocurrió que era buena idea usar diminutivos para referirse a los jugadores. Desde ahí nos llenamos de foquitas, chiquitos, machitos, jotitas y paolines. Apodos menudos, que no inspiran temor ni respeto, a la medida de un fútbol de escaso vuelo. Y desde entonces seguimos buscando, sin éxito a la vista, un nuevo gran capitán, un patrón, otro diamante aunque sea mal pulido. La nueva camada de chicos de Jota Jota Oré va, inexorablemente, por el mismo camino. Ahora que acaban de llegar de regreso a Lima recién empieza su odisea.

El diminutivo aparenta trato cariñoso, pero es una vil trampa: en realidad es condescendencia. No sé como será en otros países, pero en el Perú quien te bautiza así termina ejerciendo una perversa forma de superioridad moral. Te recuerda lo pequeño que eres. Y lo fácil que será hacerte leña cuando llegue el momento adecuado.

Reimond Manco, el jotita más emblemático, convertido ahora en la piñata favorita del fútbol peruano contemporáneo, era un chiquillo como cualquier otro cuando lo conocí en Ecuador, allá por el 2007. La prensa peruana había bendecido con su desprecio a ese plantel que antes de irse a jugar el Sudamericano celebró un almuerzo en la Videna. Ni siquiera la perspectiva de una comida gratis atrajo a los periodistas ese día. Los chicos se despidieron, viajaron y se aclimataron a la altura de la sierra ecuatoriana en silencio. Cuando les tocó debutar le ganaron a Brasil, Reimond marcó un tanto y mostró su famosa camiseta del tío Pacori. Unos días después, empezaron a llegar los reporteros para presentar en sociedad a estos chicos que el Perú de nada conocía.

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Al inicio de la fase final del torneo, la delegación peruana compartió hotel con el plantel de Brasil en la ciudad de Ibarra. El contraste entre ambos planteles era demasiado evidente. Los brasileños no solo parecían dos años mayores, por contextura física y talla. También eran más ostentosos. Casi todos tenían su propia laptop y pasaban largo rato en los salones del hotel, conectados al wi-fi, jugando, chateando y comunicándose con sus casas. Los peruanos, que hacían cola para usar la única computadora pública del hotel, los miraban con nada disimulada envidia. Por la tarde, cuando los dejaban salir un rato, la mayoría se iba a buscar cabinas de internet.

Durante esos días pude entrevistar a varios jugadores del plantel peruano. Casi todas las entrevistas terminaban con un «¿me prestas un rato tu computadora?». Los chicos se terminaban agolpando detrás de la pantalla, a la espera de poder conectarse aunque sea unos minutos.

Pero Reimond estaba para otras cosas. Pronto se dio cuenta de que en el Perú futbolero peruano bastaba con jugar bien un par de partidos y marcar un gol para calificar como estrella. Encima, era dicharachero. Así que antes de que terminara el torneo de Ecuador ya estaba averiguando sobre precios y configuraciones. Cuando la delegación llegó a Quito, donde se jugaría la última jornada del Sudamericano, una laptop nueva lo estaba esperando en la recepción del hotel.

Jota Jota Oré era consciente de lo que ocurría. Estaba preocupado. Sabía que las entrevistas frívolas y los regalitos de eran el comienzo de algo que en el Perú solamente podía empeorar. En más de una ocasión manifestó molestia porque empezaba a percibir que su plantel de adolescentes empezaba a ser invadido por oportunistas. Desde luego, tenía razón. Cuando llegaron a Lima, los ya bautizados Jotitas recibieron homenajes francamente exagerados para un equipo que con las justas había quedado cuarto, con un triunfo (contra Venezuela), dos derrotas y dos empates en la fase final. Igual, Manco se paseó por todos los programas de televisión y hasta le regalaron un carro.

El resto de la historia es bien conocido. El Perú sub 17 de Oré llegó a cuartos de final del Mundial de Corea del Sur y hasta les hicieron una miniserie. Pero dos años después el equipo estaba quemado y fue eliminado de fea forma en el sub 20. De los jugadores que viajaron a Ecuador, ninguno ha llegado siquiera a consolidarse en la selección adulta. Curiosamente, entre a los que mejor les ha ido están Pedro Gallese (el arquero suplente) e Irven Ávila, que en Ecuador solo arrancaba cuando Manco o Christian La Torre (los atacantes titulares) estaban suspendidos.

Los nuevos jotitas de Nanjing acaban de regresar a Lima. Cuando se les pase el jet lag, veremos si la prensa y el público peruano les brinda un trato diferente. Un trato a la medida de un equipo que ganó un torneo infantil en el que también participaron Islandia, Honduras, Cabo Verde y Corea del Sur. Es decir, una celebración mesurada, consciente de que, si se siguen haciendo las cosas bien, quizás algunos de esos chicos lleguen a ser auténticas estrellas dentro de unos años.

Habrá que ver, pero no creo.

 

La maravillosa metáfora

CUANDO SE TRATA DE HACER GRANDES PELÍCULAS no hay deporte que se le mida al boxeo: síntesis de la épica, el dolor, la codicia, la rivalidad, el triunfo pasajero y la derrota inexorable, es decir, de todas esas cosas que sacan lo mejor y lo peor de nosotros. Con el box no es necesario inventar ni exagerar nada, basta con revisar la biografía de un campeón del mundo cualquiera para encontrar esa trama compleja que cualquier guionista soñaría con escribir. Ahí reside el éxito del Jake La Motta interpretado por De Niro, o incluso del Rocky Balboa encarnado por Stallone. El boxeo es tan cruel, tan operístico, tan dramático (tan humano) que cualquiera de esos personajes pasa perfectamente por real. Eso que vimos en el cine tranquilamente pudo pasar en el Rincón del Box.

Juan Pablo Cadaveira no tenía mucha idea de eso cuando un amigo le invitó a acompañarlo a ver una pelea en Connecticut, a una hora de su casa en Nueva York. Ni siquiera le gustan los deportes, pero cuando vio a Sergio ‘Maravilla’ Martínez entendió rápidamente que ese era el personaje de su primera película. Sería un documental y no tenía idea de cómo iba terminar. El boxeo, generoso con todos menos con los púgiles, se encargó del resto.

Juan Pablo Cadaveira (foto: archivo personal)
Juan Pablo Cadaveira (foto: archivo personal)

Ciertamente, había puntos de contacto entre el personaje y el cineasta: compartían la nacionalidad y además ambos eran expatriados, pero el atractivo del personaje iba más allá. “A nivel cinematográfico había un gran personaje, súper interesante, carismático, con un gran pasado de lucha y un presente super dramático también, porque todo el mundo estaba esperando a pelear con él cuando empezara a decaer”, resume Cadaveira. Como buen campeón, Maravilla tenía pasado y presente de hambre: luego de pasar años en la serie B del boxeo, el púgil argentino logró llegar a la cúspide. Pero cuando Cadaveira lo vio pelear por primera vez acababa de ser despojado de su título de los pesos medianos con uno de esos golpes de despacho, cada vez comunes en el boxeo mundial. Recuperar el cinturón no solo implicaría ganar peleas, también imponerse a un establishment donde el pay-per-view y el tamaño de las bolsas pesa mucho más que talento o el poder de los puños.

Pintaba ya como una tremenda historia, y Cadaveira acompañaría a Martínez en ese trance, a ver qué pasaba. ‘Maravilla, la película’ es la crónica de  ahí una odisea que pasa por gimnasios y cuadriláteros, pero también por oficinas y estudios de televisión. “La historia de un hombre que lucha por seguir luchando”, define el director.

La historia se fue escribiendo, y Cadaveira admite que no habría podido imaginar un final mejor. De hecho, esa pelea Martínez vs. Julio César Chávez Jr. fue una de las mejores de los últimos años. Y el último asalto fue de infarto.

Es la magia del boxeo, metáfora de la vida, y a veces también del cine. La odisea de Maravilla Martínez para pelear por un cinturón en Las Vegas también puede parecerse a la de un joven cineasta latinoamericano que busca apoyo para su primera largometraje. Para ambos hay negativas, teléfonos ocupados y financistas avaros, una estructura de poder diseñada para hacerles el camino lo más difícil posible. “A todos nos suena la campana y todos los días es un round”, resume el cineasta, que ahora se reconoce como un fanático del boxeo. Cosas que suelen ocurrir.

 

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